Página 275 - El Ministerio de Curacion (1959)

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La verdadera educación prepara para la obra misionera
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verdades preciosas y ennoblecedoras, para que podamos progresar
por una senda segura en pos de un objeto digno de que le dediquemos
fervorosamente todas nuestras aptitudes.
Dios mira el interior de la diminuta semilla que él mismo formó,
y ve en ella la hermosa flor, el arbusto o el altivo y copudo árbol. Así
también ve las posibilidades de cada ser humano. Estamos en este
mundo con algún fin. Dios nos ha comunicado su plan para nuestra
vida, y desea que alcancemos el más alto nivel de desarrollo.
Un fundamento amplio
Desea que crezcamos continuamente en santidad, en felicidad
y en utilidad. Todos tienen habilidades que deben aprender a con-
siderar como sagradas dotes, a apreciarlas como dones del Señor y
a emplearlas debidamente. Desea que la juventud desarrolle todas
sus facultades, y que las ponga en ejercicio activo. Desea que los
jóvenes gocen de todo lo útil y valioso en esta vida; que sean buenos
y hagan el bien, acumulando un tesoro celestial para la vida futura.
Debería ser su anhelo sobresalir en todo lo noble, elevado y
generoso. Para ello consideren a Cristo como el modelo según el
cual deben formarse. La santa ambición que Cristo manifestó en su
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vida debe moverlos a ellos también, es a saber, la de dejar mejor
el mundo por haber vivido en él. Esta es la obra a la cual han sido
llamados.
La más alta de todas las ciencias es la de salvar almas. La mayor
obra a la cual pueden aspirar los seres humanos es la de convertir en
santos a los pecadores. Para realizar esa obra, hay que echar amplios
cimientos, y al efecto se necesita una educación comprensiva, que
requiera de los padres y maestros pensamientos y esfuerzos superio-
res a los que requiere la mera instrucción científica. Se necesita algo
más que cultura intelectual. La educación no es completa a menos
que el cuerpo, la mente y el corazón se desarrollen armoniosamente.
El carácter ha de recibir disciplina adecuada para su desarrollo más
perfecto. Todas las facultades físicas y mentales deben educarse
y desarrollarse debidamente. Es deber nuestro cultivar y poner en
ejercicio toda facultad que haga de nosotros obreros más eficaces de
Dios.