Página 341 - El Ministerio de Curacion (1959)

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Ayuda en la vida cotidiana
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vidas fueran sencillamente el desenvolvimiento de su voluntad. A
medida que le encomendemos nuestros caminos, él dirigirá nuestros
pasos.
La paga
Son muchos los que, al idear planes para un brillante porvenir,
fracasan completamente. Dejad que Dios haga planes para vosotros.
Como niños, confiad en la dirección de Aquel que “guarda los pies
de sus santos.”
1 Samuel 2:9
. Dios no guía jamás a sus hijos de
otro modo que el que ellos mismos escogerían, si pudieran ver el
fin desde el principio y discernir la gloria del designio que cumplen
como colaboradores con Dios.
Cuando Cristo llamó a sus discípulos para que le siguieran, no
les ofreció lisonjeras perspectivas para esta vida. No les prometió
ganancias ni honores mundanos, ni tampoco demandaron ellos paga
alguna por sus servicios. A Mateo, sentado en la receptoría de im-
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puestos, le dijo: “Sígueme. Y dejadas todas las cosas, levantándose,
le siguió.”
Lucas 5:27, 28
. Mateo, antes de prestar servicio alguno,
no pensó en exigir paga igual a la que cobrara en su profesión. Sin
vacilar ni hacer una sola pregunta, siguió a Jesús. Le bastaba saber
que estaría con el Salvador, oiría sus palabras y estaría unido con él
en su obra.
Otro tanto había sucedido con los discípulos llamados anterior-
mente. Cuando Jesús invitó a Pedro y a sus compañeros a que le
siguieran, en el acto dejaron todos ellos sus barcos y sus redes. Al-
gunos de estos discípulos tenían deudos a quienes mantener; pero
cuando oyeron la invitación del Salvador, sin vacilación ni reparo
acerca de la vida material propia y de sus familias, obedecieron al
llamamiento. Cuando, en una ocasión ulterior, Jesús les preguntó:
“Cuando os envié sin bolsa, y sin alforja, y sin zapatos, ¿os faltó
algo?” contestaron: “Nada.”
Lucas 22:35
.
El Salvador nos llama hoy a su obra, como llamó a Mateo, a
Juan y a Pedro. Si su amor mueve nuestro corazón, el asunto de
la compensación no será el que predomine en nuestro ánimo. Nos
gozaremos en ser colaboradores con Cristo, y sin temor nos confia-
remos a su cuidado. Si hacemos de Dios nuestra fuerza, tendremos
claras percepciones de nuestro deber y aspiraciones altruístas; el