Página 86 - El Ministerio de Curacion (1959)

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El Ministerio de Curacion
toda reforma duradera es la ley de Dios. Tenemos que presentar en
líneas claras y bien definidas la necesidad de obedecer a esta ley. Sus
principios deben recordarse de continuo a la gente. Son tan eternos
e inexorables como Dios mismo.
Uno de los efectos más deplorables de la apostasía original fué la
pérdida de la facultad del dominio propio por parte del hombre. Sólo
en la medida en que se recupere esta facultad puede haber verdadero
progreso.
El cuerpo es el único medio por el cual la mente y el alma se
desarrollan para la edificación del carácter. De ahí que el adver-
sario de las almas encamine sus tentaciones al debilitamiento y a
la degradación de las facultades físicas. Su éxito en esto envuelve
la sujeción al mal de todo nuestro ser. A menos que estén bajo el
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dominio de un poder superior, las propensiones de nuestra naturaleza
física acarrearán ciertamente ruina y muerte.
El cuerpo tiene que ser puesto en sujeción. Las facultades supe-
riores de nuestro ser deben gobernar. Las pasiones han de obedecer
a la voluntad, que a su vez ha de obedecer a Dios. El poder soberano
de la razón, santificado por la gracia divina, debe dominar en nuestra
vida.
Las exigencias de Dios deben estamparse en la conciencia. Hom-
bres y mujeres deben despertar y sentir su obligación de dominarse
a sí mismos, su necesidad de ser puros y libertados de todo apetito
depravante y de todo hábito envilecedor. Han de reconocer que todas
las facultades de su mente y de su cuerpo son dones de Dios, y que
deben conservarlas en la mejor condición posible para servirle.
En el antiguo ritual que era el Evangelio expresado en símbo-
los, ninguna ofrenda defectuosa podía llevarse al altar de Dios. El
sacrificio que había de representar al Cristo debía ser inmaculado.
La Palabra de Dios señala esto como ejemplo de lo que deben ser
sus hijos: un “sacrificio vivo,” “santo y sin mancha,” “agradable a
Dios.”
Romanos 12:1
;
Efesios 5:27
.
Sin el poder divino, ninguna reforma verdadera puede llevarse a
cabo. Las vallas humanas levantadas contra las tendencias naturales
y fomentadas no son más que bancos de arena contra un torrente.
Sólo cuando la vida de Cristo es en nuestra vida un poder vivificador
podemos resistir las tentaciones que nos acometen de dentro y de
fuera.