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La última enfermedad
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tarde, tan sólo el día antes de que sufriera el accidente, empleó un
poco de tiempo caminando por el patio con él, y conversando de los
intereses generales de la causa de Dios.
Fue el sábado 13 de febrero de 1915 cuando la Sra. White sufrió
el accidente que la confinó a su sillón de allí en adelante y que
aceleró su muerte. Mientras estaba entrando en su estudio desde
el pasillo, cerca del mediodía, aparentemente tropezó y cayó. Su
sobrina, la Srta. May Walling, quien por algún tiempo había actuado
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como su enfermera, estaba cerca del pasillo, y se apresuró a asistirla.
Como los esfuerzos hechos para ayudarle a ponerse en pie resultaron
inútiles, la Srta. Walling la sentó en una silla, arrastró la silla por
el pasillo hasta el dormitorio, y finalmente la puso en cama. Luego,
llamó al médico del sanatorio de Santa Elena.
Un examen preliminar que hizo el Dr. G. E. Klingerman fue
seguido por un examen más detenido por medio de los Rayos X, y
éste reveló en forma inequívoca una fractura intracapsular del fémur
izquierdo. Naturalmente fue imposible determinar cuándo se había
producido la fractura del hueso, si antes de la caída, causándole de
esta manera su caída al suelo, o como resultado de la misma.
La nerviosidad de los próximos días y noches siguientes fue
acompañada con un poco de dolor. De hecho, desde el comienzo el
Señor misericordiosamente le ahorró a su anciana sierva los dolores
serios que ordinariamente vienen con tales traumatismos. Tampoco
tenía los síntomas usuales de shock. La respiración, la temperatura
y la circulación eran casi normales. El Dr. Klingerman y el Dr.
G. F. Jones, su asociado, hicieron todo lo que la ciencia médica
podía sugerir para hacer sentir cómoda a su paciente; pero a su edad
avanzada podían tener poca esperanza de una recuperación final.
A través de las semanas y meses de su última enfermedad, la
Sra. White se reanimaba con la misma fe, esperanza y confianza que
habían caracterizado su vida en los días de su dolor. Su testimonio
personal era uniformemente alegre y su valor era notable. Sentía que
sus días estaban en las manos de Dios, y que la presencia del Señor
estaba con ella continuamente. No mucho después de haber quedado
imposibilitada debido al accidente, testificó acerca del Salvador:
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“Jesús es mi bendito Redentor, y yo lo amo con todo mi ser”. Y de
nuevo dijo: “Veo luz en su luz. Tengo gozo en su gozo, y paz en
su paz. Veo misericordia en su misericordia, y amor en su amor”.