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Hombres y mujeres de oración
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angustia en el alma rogaba a Dios que detuviese en su impía carrera
al pueblo una vez favorecido, que le enviase castigos si era necesario,
para inducirlo a ver lo que realmente significaba su separación del
Cielo. Anhelaba verlo inducido al arrepentimiento antes de llegar en
su mal proceder al punto de provocar tanto al Señor que lo destruyese
por completo.
La oración de Elías fue contestada. Las súplicas, reprensiones
y amonestaciones que habían sido repetidas a menudo no habían
inducido a Israel a arrepentirse. Había llegado el momento en que
Dios debía hablarle por medio de los castigos. Por cuanto los ado-
radores de Baal aseveraban que los tesoros del cielo, el rocío y la
lluvia, no provenían de Jehová, sino de las fuerzas que regían la
naturaleza, y que la tierra era enriquecida y hecha abundantemente
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fructífera mediante la energía creadora del sol, la maldición de Dios
iba a descansar gravosamente sobre la tierra contaminada. Se iba a
demostrar a las tribus apóstatas de Israel cuán insensato era confiar
en el poder de Baal para obtener bendiciones temporales. Hasta que
dichas tribus se volviesen a Dios arrepentidas y le reconociesen
como fuente de toda bendición, no descendería rocío ni lluvia sobre
la tierra.—
Profetas y Reyes, 87, 88
.
El temor de Dios escaseaba cada vez más en Israel. Los signos
blasfemos de su idolatría ciega se veían entre el Israel de Dios.
No había ninguno que se atreviera a exponer su vida al colocarse
abiertamente en oposición a la idolatría blasfema que imperaba. Los
altares de Baal y los sacerdotes de Baal que sacrificaban al sol, la
luna y las estrellas se veían por todas partes. Habían consagrado
templos y arboledas, donde se adoraban obras de hechura humana.
Los beneficios que Dios le dio a su pueblo no despertó en ellos la
gratitud hacia el Dador. Ellos le atribuían al favor de sus dioses todos
los dones del cielo, los manantiales, las corrientes de agua viva, el
suave rocío y las lluvias que refrescaban la tierra y causaban que sus
campos produjeran frutos abundantes.
La fiel alma de Elías se contristaba. Se despertó su indignación
y sintió celos por la gloria de Dios. Vio que Israel se había hundido
en temible apostasía. Estaba abrumado con asombro y pena por la
apostasía del pueblo cuando trajo a la memoria las grandes cosas que
Dios había hecho por ellos. Pero todo esto había sido olvidado por
la mayoría. Fue ante la presencia de Dios, y con el alma conmovida