Página 332 - Historia de los Patriarcas y Profetas (1954)

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Historia de los Patriarcas y Profetas
y rodeado de sus ángeles, y con grandiosa majestad pronunció su
ley a todo el pueblo.
Aun entonces Dios no confió sus preceptos a la memoria de un
pueblo inclinado a olvidar sus requerimientos, sino que los escribió
sobre tablas de piedra. Quiso alejar de Israel toda posibilidad de
mezclar las tradiciones paganas con sus santos preceptos, o de con-
fundir sus mandamientos con costumbres o reglamentos humanos.
Pero hizo más que sólo darles los preceptos del Decálogo. El pue-
blo se había mostrado tan susceptible a descarriarse, que no quiso
dejarles ninguna puerta abierta a la tentación. A Moisés se le dijo
que escribiera, como Dios se lo había mandado, derechos y leyes
que contenían instrucciones minuciosas respecto a lo que el Señor
requería. Estas instrucciones relativas a los deberes del pueblo pa-
ra con Dios, a los deberes de unos para con otros, y para con los
extranjeros, no eran otra cosa que los principios de los diez manda-
mientos ampliados y dados de una manera específica, en forma tal
que ninguno pudiera errar. Tenían por objeto resguardar la santidad
de los diez mandamientos grabados en las tablas de piedra.
Si el hombre hubiera guardado la ley de Dios, tal como le fué
dada a Adán después de su caída, preservada por Noé y observada
por Abrahán, no habría habido necesidad del rito de la circuncisión.
Y si los descendientes de Abrahán hubieran guardado el pacto del
cual la circuncisión era una señal, jamás habrían sido inducidos
a la idolatría, ni habría sido necesario que sufrieran una vida de
esclavitud en Egipto; habrían conservado el conocimiento de la ley
de Dios, y no habría sido necesario proclamarla desde el Sinaí, o
grabarla sobre tablas de piedra. Y si el pueblo hubiera practicado los
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principios de los diez mandamientos, no habría habido necesidad de
las instrucciones adicionales que se le dieron a Moisés.
El sistema de sacrificios confiado a Adán fué también pervertido
por sus descendientes. La superstición, la idolatría, la crueldad y el
libertinaje corrompieron el sencillo y significativo servicio que Dios
había establecido. A través de su larga relación con los idólatras, el
pueblo de Israel había mezclado muchas costumbres paganas con
su culto; por consiguiente, en el Sinaí el Señor le dió instrucciones
definidas tocante al servicio de los sacrificios. Una vez terminada
la construcción del santuario, Dios se comunicó con Moisés desde
la nube de gloria que descendía sobre el propiciatorio, y le dió