Página 448 - Historia de los Patriarcas y Profetas (1954)

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Historia de los Patriarcas y Profetas
la ley de Dios; que se había atribuído la gloria que pertenecía a
Jehová—es decir que había cometido el mismo pecado que hiciera
desterrar a Satanás del cielo,—y por su transgresión había caído bajo
el dominio de Satanás. El gran traidor reiteró los cargos originales
que había lanzado contra el gobierno divino, y repitió sus quejas de
que Dios había sido injusto con él.
Cristo no se rebajó a entrar en controversia con Satanás. Podría
haber presentado contra él la obra cruel que sus engaños habían
realizado en el cielo, al ocasionar la ruina de un gran número de sus
habitantes. Podría haber señalado las mentiras que había dicho en el
Edén y que habían hecho pecar a Adán e introducido la muerte entre
el género humano. Podría haberle recordado a Satanás que él era
quien había inducido a Israel a murmurar y a rebelarse hasta agotar
la paciencia longánime de su jefe, y sorprendiéndolo en un momento
de descuido, le había arrastrado a cometer el pecado que lo había
puesto en las garras de la muerte. Pero Cristo lo confió todo a su
Padre, diciendo: “¡El Señor te reprenda!”
Judas 9
. El Salvador no
entró en disputa con su adversario, sino que en ese mismo momento
y lugar comenzó a quebrantar el poder del enemigo caído y a dar la
vida a los muertos. Satanás tuvo allí una evidencia incontrovertible
de la supremacía del Hijo de Dios. La resurrección quedó asegurada
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para siempre. Satanás fué despojado de su presa; los justos muertos
volverían a vivir.
Como consecuencia del pecado, Moisés había caído bajo el
dominio de Satanás. Por sus propios méritos era legalmente cautivo
de la muerte; pero resucitó para la vida inmortal, por el derecho
que tenía a ella en nombre del Redentor. Moisés salió de la tumba
glorificado, y ascendió con su Libertador a la ciudad de Dios.
Nunca, hasta que se ejemplificaron en el sacrificio de Cristo,
se manifestaron la justicia y el amor de Dios más señaladamente
que en sus relaciones con Moisés. Dios le vedó la entrada a Canaán
para enseñar una lección que nunca debía olvidarse; a saber, que él
exige una obediencia estricta y que los hombres deben cuidar de no
atribuirse la gloria que pertenece a su Creador. No podía conceder a
Moisés lo que pidiera al rogar que le dejara participar en la herencia
de Israel; pero no olvidó ni abandonó a su siervo. El Dios del cielo
comprendía los sufrimientos que Moisés había soportado; había
observado todos los actos de su fiel servicio a través de los largos