Página 593 - Historia de los Patriarcas y Profetas (1954)

Basic HTML Version

La presunción de Saúl
589
Jonatán no se había hecho culpable de un pecado voluntario, a
pesar de que Dios le había preservado la vida milagrosamente y
había obrado la liberación por medio de él, el rey declaró que la
sentencia debía ejecutarse. Perdonar la vida a su hijo habría sido de
parte de Saúl reconocer tácitamente que había pecado al hacer un
voto tan temerario. Habría humillado su orgullo personal. “Así me
haga Dios—fué la terrible sentencia—y así me añada, que sin duda
morirás, Jonathán.”
Saúl no podía atribuirse el honor de la victoria, pero esperaba ser
honrado por su celo en mantener la santidad de su juramento. Aun
a costa del sacrificio de su hijo, quería grabar en la mente de sus
súbditos el hecho de que la autoridad real debía mantenerse. Hacía
poco que, en Gilgal, Saúl había pretendido oficiar como sacerdote,
contrariando el mandamiento de Dios. Cuando Samuel le reprendió,
se obstinó en justificarse. Ahora que se había desobedecido a su
propio mandato, a pesar de que era un desacierto y había sido violado
por ignorancia, el rey y padre sentenció a muerte a su propio hijo.
El pueblo se negó a permitir que la sentencia fuese ejecutada.
Desafiando la ira del rey, declaró: “¿Ha pues de morir Jonathán,
el que ha hecho esta salud grande en Israel? No será así. Vive
Jehová, que no ha de caer un cabello de su cabeza en tierra, pues
que ha obrado hoy con Dios.” El orgulloso monarca no se atrevió
a menospreciar este veredicto unánime, y así se salvó la vida de
Jonatán.
Saúl no pudo menos de reconocer que su hijo le era preferido
tanto por el pueblo como por el Señor. La salvación de Jonatán cons-
tituyó un reproche severo para la temeridad del rey. Presintió que sus
[678]
maldiciones recaerían sobre su propia cabeza. No prosiguió ya la
guerra contra los filisteos, sino que regresó a su pueblo, melancólico
y descontento.
Los que están más dispuestos a excusarse o justificarse en el
pecado son a menudo los más severos para juzgar y condenar a
los demás. Muchos, como Saúl, atraen sobre sí el desagrado de
Dios, pero rechazan los consejos y menosprecian las reprensiones.
Aun cuando están convencidos de que el Señor no está con ellos,
se niegan a ver en sí mismos la causa de su dificultad. Albergan
un espíritu orgulloso y jactancioso, mientras se entregan a juzgar y
reconvenir cruel y severamente a otros que son mejores que ellos.