Página 315 - Profetas y Reyes (1957)

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En la corte de Babilonia
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Tampoco podían correr el riesgo que representaba el efecto ener-
vador del lujo y la disipación sobre el desarrollo físico, mental y
espiritual. Conocían la historia de Nadab y Abihú, cuya intemperan-
cia, así como los resultados que había tenido, describían los perga-
minos del Pentateuco; y sabían que sus propias facultades físicas y
mentales quedarían perjudicadas por el consumo de vino.
Los padres de Daniel y sus compañeros les habían inculcado
hábitos de estricta templanza. Se les había enseñado que Dios los
tendría por responsables de sus facultades, y que no debían atrofiarlas
ni debilitarlas. Esta educación fué para Daniel y sus compañeros
un medio de preservación entre las influencias desmoralizadoras de
la corte babilónica. Intensas eran las tentaciones que los rodeaban
en aquella corte corrompida y lujuriosa, pero no se contaminaron.
Ningún poder ni influencia podía apartarlos de los principios que
habían aprendido temprano en la vida por un estudio de la palabra y
de las obras de Dios.
Si Daniel lo hubiese deseado, podría haber hallado en las cir-
cunstancias que le rodeaban una excusa plausible por apartarse de
hábitos estrictamente temperantes. Podría haber argüído que, en
vista de que dependía del favor del rey y estaba sometido a su poder,
no le quedaba otro remedio que comer de la comida del rey y beber
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de su vino; porque si seguía la enseñanza divina no podía menos
que ofender al rey y probablemente perdería su puesto y la vida,
mientras que si despreciaba el mandamiento del Señor, conservaría
el favor del rey y se aseguraría ventajas intelectuales y perspectivas
halagüeñas en este mundo.
Pero Daniel no vaciló. Apreciaba más la aprobación de Dios que
el favor del mayor potentado de la tierra, aun más que la vida misma.
Resolvió permanecer firme en su integridad, cualesquiera fuesen los
resultados. “Propuso en su corazón de no contaminarse en la ración
de la comida del rey, ni en el vino de su beber.” Esta resolución fué
apoyada por sus tres compañeros.
Al llegar a esta decisión, los jóvenes hebreos no obraron pre-
suntuosamente, sino confiando firmemente en Dios. No decidieron
singularizarse, aunque preferirían eso antes que deshonrar a Dios. Si
hubiesen transigido con el mal en este caso al ceder a la presión de
las circunstancias, su desvío de los buenos principios habría debilita-
do su sentido de lo recto y su aborrecimiento por lo malo. El primer