Página 154 - Palabras de Vida del Gran Maestro (1971)

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Palabras de Vida del Gran Maestro
La lección es para todos los tiempos. Hemos de seguir al Cordero
de Dios dondequiera que vaya. Ha de escogerse su dirección y ava-
luarse su compañía por sobre toda compañía de amigos mundanos.
Cristo dice: “El que ama padre o madre más que a mí, no es digno
de mí; y el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí”
Alrededor de la mesa familiar, mientras partían el pan de todos
los días, muchos repetían en los días de Cristo: “Bienaventurado el
que comerá pan en el reino de los cielos”. Pero Cristo mostró cuán
difícil es encontrar huéspedes para la mesa preparada a un costo
infinito. Aquellos que lo escuchaban sabían que habían despreciado
la invitación de la misericordia. Para ellos las posesiones mundanas,
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las riquezas, los placeres, eran cosas que absorbían todo su interés.
A una se habían excusado todos.
Tal ocurre en nuestros días. Las excusas presentadas para recha-
zar la invitación a la fiesta abarcan todas las que hoy se dan para
rechazar la invitación del Evangelio. Los hombres declaran que no
pueden poner en peligro sus perspectivas mundanas atendiendo las
exigencias del Evangelio. Consideran sus intereses temporales de
más valor que las cosas de la eternidad. Las mismas bendiciones
que han recibido de Dios llegan a ser una barrera que separa sus
almas de su Creador y Redentor. No quieren ser interrumpidos en
sus afanes mundanos, y dicen al mensajero de misericordia: “Ahora
vete; mas en teniendo oportunidad te llamaré”
Otros presentan
las dificultades que podrían levantarse en sus relaciones sociales
si obedecieran el llamamiento de Dios. Dicen que no pueden estar
en desacuerdo con sus parientes y conocidos. De esta forma llegan
a ser los mismos actores descritos en la parábola. El Señor de la
fiesta considera que sus débiles excusas demuestran desprecio por
su invitación.
El hombre que dijo: “Acabo de casarme, y por lo tanto no pue-
do ir”, representa una clase numerosa de personas. Hay muchos
que permiten que sus esposas o esposos les impidan escuchar el
llamamiento de Dios. El esposo dice: “No puedo obedecer mis con-
vicciones en cuanto a mi deber mientras mi esposa se oponga a ello.
Su influencia haría excesivamente difícil para mí la obediencia”. La
esposa escucha el llamamiento de gracia: “Venid, que ya está todo
aparejado”, y dice: “‘Te ruego que me des por excusado’. Mi esposo
rechaza la invitación misericordiosa. El dice que sus negocios le