Página 174 - Palabras de Vida del Gran Maestro (1971)

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Palabras de Vida del Gran Maestro
hacia el rico, tienen igualmente su raíz en el egoísmo, el cual puede
extirparse únicamente por la sumisión a Cristo. Solamente él da
un nuevo corazón de amor en lugar del corazón egoísta de pecado.
Prediquen los siervos de Cristo el Evangelio con el Espíritu enviado
desde el cielo, y trabajen como él lo hizo por el beneficio de los
hombres. Entonces se manifestarán, en la bendición y la elevación
de la humanidad, resultados que sería totalmente imposible alcanzar
por el poder humano.
Nuestro Señor atacó la raíz del asunto que perturbaba a este inte-
rrogador, y la raíz de todas las disputas similares, diciendo: “Mirad,
y guardaos de toda avaricia; porque la vida del hombre no consiste
en la abundancia de los bienes que posee.
“Y refirióles una parábola, diciendo: La heredad de un hombre
rico había llevado mucho; y él pensaba dentro de sí, diciendo: ¿Qué
haré, porque no tengo dónde juntar mis frutos? Y dijo: Esto haré:
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derribaré mis alfolíes, y los edificaré mayores, y allí juntaré todos mis
frutos y mis bienes; y diré a mi alma: Alma, muchos bienes tienes
almacenados para muchos años; repósate, come, bebe, huélgate. Y
díjole Dios: Necio, esta noche vuelven a pedir tu alma; y lo que has
prevenido, ¿de quién será? Así es el que hace para sí tesoro, y no es
rico en Dios”.
Por medio de la parábola del hombre rico, Cristo demostró la
necesidad de aquellos que hacen del mundo toda su ambición. Este
hombre lo había recibido todo de Dios. El sol había brillado sobre
sus propiedades, porque sus rayos caen sobre el justo y el injusto.
Las lluvias del cielo descienden sobre el malo y el bueno. El Señor
había hecho prosperar la vegetación, y producir abundantemente
los campos. El hombre rico estaba perplejo porque no sabía qué
hacer con sus productos. Sus graneros estaban llenos hasta rebosar,
y no tenía lugar en que poner el excedente de su cosecha. No pensó
en Dios, de quien proceden todas las bondades. No se daba cuenta
de que Dios lo había hecho administrador de sus bienes, para que
ayudase a los necesitados. Se le ofrecía una bendita oportunidad
de ser dispensador de Dios, pero sólo pensó en procurar su propia
comodidad.
Este hombre rico podía ver la situación del pobre, del huérfano,
de la viuda, del que sufría y del afligido; había muchos lugares donde
podía emplear sus bienes. Hubiera podido librarse fácilmente de