Página 219 - Testimonios para los Ministros (1979)

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Métodos, principios y motivos correctos
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presentar la obediencia a los mandamientos de Dios como una tarea
tediosa. Pero los que defienden los requisitos de la ley de Dios dan
este testimonio: “Mucha paz tienen los que aman tu ley, y no hay
para ellos tropiezo”. “La ley de Jehová es perfecta, que convierte
el alma”. El Señor presenta la verdad en contraste con el error, y
presenta también el resultado inevitable de aceptar la verdad, la
experiencia que siempre sigue a la obediencia voluntaria, que es paz
y descanso.
La tarea de los siervos de Dios
La tarea de los siervos de Dios consiste en presentar a Jesús.
La obra de los ministros de Cristo consiste en lograr que las almas
indefensas dependan de sus méritos. Los hombres que se apartan del
sendero de la obediencia y le dan a la transgresión de la ley de Dios
el carácter de virtud, están inspirados por el archiengañador. Están
cegados por su poder. Necesitan verificar lo que puede hacer la ver-
dad para capacitar a los hombres a mantener un carácter semejante al
de Cristo cuando los asalta la tentación a imponerse o impacientarse.
Los enemigos de la verdad quieren provocar a los que enseñan la
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vigencia de los requerimientos de la ley de Dios. Si les pagamos
con la misma moneda, triunfarán las huestes de Satanás. Encontrará
una falla en la armadura. Por medio de su conducta desconsiderada,
los instrumentos de Satanás tratan de tentar a los defensores de la
verdad para que digan y hagan cosas no recomendables.
Cómo tratar a los que se oponen
Deben cultivarse la sensibilidad y la nobleza de alma; el espíritu
de verdad y justicia debe dominar nuestra conducta, nuestras pala-
bras y nuestra pluma. “El hombre natural no percibe las cosas que
son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede
entender, porque se han de discernir espiritualmente”. Si el ministro,
cuando está frente a su congregación, ve una sonrisa de incredulidad
en el rostro de los opositores, debe actuar como si no la viera. Si
alguien fuera tan descortés como para reírse y manifestar desprecio,
no refleje el ministro el mismo espíritu ni en su voz ni en su acti-
tud. Mostrad que vosotros no manejáis tales armas. Muy a menudo
escribe la pluma palabras hirientes, y al repetir las declaraciones