Página 144 - La Verdad acerca de los Angeles (1997)

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La Verdad acerca de los Angeles
El endemoniado en la sinagoga de Capernaúm
Mientras estaba Jesús en la sinagoga, hablando del reino que
había venido a establecer y de su misión de libertar a los cautivos de
Satanás, fue interrumpido por un grito de terror. Un loco se lanzó
hacia adelante de entre la gente, clamando: “Déjanos; ¿qué tienes
con nosotros Jesús nazareno? ¿Has venido para destruirnos? Yo te
conozco quién eres, el Santo de Dios”.
Lucas 4:34
.
Todo quedó entonces en confusión y alarma. La atención se
desvió de Cristo, y la gente ya no oyó sus palabras. Tal era el pro-
pósito de Satanás al conducir a su víctima a la sinagoga. Pero Jesús
reprendió al demonio, diciendo: “Cállate, y sal de él. Entonces el
demonio, derribándole en medio de ellos, salió de él, y no le hizo
daño alguno”.
Lucas 4:35
.
La mente de este pobre doliente había sido oscurecida por Sata-
nás, pero en presencia del Salvador un rayo de luz había atravesado
las tinieblas. Se sintió incitado a desear estar libre del dominio de
Satanás; pero el demonio resistió al poder de Cristo. Cuando el
hombre trató de pedir auxilio a Jesús, el mal espíritu puso en su
boca las palabras, y el endemoniado clamó con la agonía del temor.
Comprendía parcialmente que se hallaba en presencia de Uno que
podía librarle; pero cuando trató de ponerse al alcance de esa mano
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poderosa, otra voluntad lo retuvo; las palabras de otro fueron pro-
nunciadas por su medio. Era terrible el conflicto entre el poder de
Satanás y su propio deseo de libertad.—
El Deseado de Todas las
Gentes, 220-221
.
El que había conquistado al archienemigo en el desierto, arrebató
a este pobre cautivo de las garras de Satanás. Bien sabía Jesús que
aunque el demonio había asumido otra forma, era el mismo espíritu
maligno que lo había tentado antes en el desierto.—
The Spirit of
Prophecy 2:180
.
El diablo ejercía todo su poder para conservar el dominio sobre
su víctima. Perder terreno, sería dar una victoria a Jesús. Parecía
que el torturado iba a fallecer en la lucha con el enemigo que había
arruinado su virilidad. Pero el Salvador habló con autoridad, y libertó
al cautivo. El hombre que había sido poseído permanecía delante de
la gente admirada, feliz en la libertad de su dominio propio... Los
ojos que hacía poco despedían fulgores de locura brillaban ahora