Página 389 - Consejos para los Maestros (1971)

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El estudiante de medicina
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La luz que Dios ha dado en los ramos médicos misioneros no lle-
vará a su pueblo a ser considerado como inferior en el conocimiento
médico científico, sino que lo colocará en la más alta eminencia.
Dios quiere que se destaquen como un pueblo sabio y comprensi-
vo porque está su presencia con ellos. En la fuerza de Aquel que
es la fuente de toda sabiduría, de toda gracia, pueden vencerse los
defectos y la ignorancia.
Procure cada estudiante de medicina alcanzar una alta norma.
Bajo la disciplina del mayor de todos los maestros, nuestro curso
debe ir siempre hacia arriba, hacia la perfección. Todos los que están
relacionados con la obra médica misionera deben aprender. Nadie
se detenga para decir: “No puedo hacer esto”. Más bien diga: “Dios
requiere de mí que sea perfecto. Espera de mí que trabaje apartado
de todo lo común y vil, y que me esfuerce por alcanzar lo que es del
más alto orden”.
Hay un solo poder que puede hacer de los alumnos de medicina
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lo que debieran ser y mantenerlos firmes: la gracia de Dios y el poder
de la verdad, ejerciendo una influencia salvadora sobre la vida y el
carácter. Los estudiantes que se proponen ministrar a la humanidad
doliente no hallarán fin a sus estudios antes de llegar al cielo. Debe
adquirirse el conocimiento que se llama ciencia, y al mismo tiempo
el que lo busca ha de reconocer diariamente que el temor de Dios
es el principio de la sabiduría. Todo lo que fortalezca la mente debe
ser cultivado hasta el máximo posible, y a la vez, buscarse a Dios
en procura de sabiduría; porque a menos que sean guiados por la
sabiduría de lo alto, llegarán a ser presa fácil del poder engañador
de Satanás. Llegarán a ser grandes en sus propios ojos, pomposos y
llenos de suficiencia propia.
Los médicos temerosos de Dios hablan modestamente de su obra;
pero los novicios con experiencia limitada en tratar con los cuerpos
y almas de los hombres hablan con frecuencia jactanciosamente de
sus conocimientos y proezas. Estos necesitan comprenderse mejor a
sí mismos; entonces serían más inteligentes para el cumplimiento
de sus deberes, y comprenderían que en todo departamento donde
tengan que trabajar, deben poseer una disposición voluntaria, un
espíritu ferviente, un celo cordial y abnegado para procurar hacer
bien a otros. No estudiarán los mejores medios de preservar su
dignidad, sino que por un espíritu servicial y cuidadoso conquistarán