Página 161 - El Deseado de Todas las Gentes (1955)

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Junto al pozo de Jacob
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que las aguas del pozo de Sicar no podrían nunca satisfacer. Nada
de todo lo que había conocido antes, le había hecho sentir así su
gran necesidad. Jesús la había convencido de que leía los secretos
de su vida; sin embargo, se daba cuenta de que era un amigo que
la compadecía y la amaba. Aunque la misma pureza de su presen-
cia condenaba el pecado de ella, no había pronunciado acusación
alguna, sino que le había hablado de su gracia, que podía renovar
el alma. Empezó a sentir cierta convicción acerca de su carácter, y
pensó: ¿No podría ser éste el Mesías que por tanto tiempo hemos
esperado? Entonces le dijo: “Sé que el Mesías ha de venir, el cual
se dice el Cristo: cuando él viniere nos declarará todas las cosas.”
Jesús le respondió: “Yo soy, que hablo contigo.”
Al oír la mujer estas palabras, la fe nació en su corazón, y aceptó
el admirable anunció de los labios del Maestro divino.
Esta mujer se hallaba en un estado de ánimo que le permitía
apreciar las cosas. Estaba dispuesta a recibir la más noble revelación,
porque estaba interesada en las Escrituras, y el Espíritu Santo había
estado preparando su mente para recibir más luz. Había estudiado la
promesa del Antiguo Testamento: “Profeta de en medio de ti, de tus
hermanos, como yo, te levantará Jehová tu Dios: a él oiréis.
Ella
anhelaba comprender esta profecía. La luz ya estaba penetrando en
su mente. El agua de la vida, la vida espiritual que Cristo da a toda
alma sedienta, había empezado a brotar en su corazón. El Espíritu
del Señor estaba obrando en ella.
El claro aserto hecho por Jesús a esta mujer no podría haberse
dirigido a los judíos que se consideraban justos. Cristo era mucho
más reservado cuando hablaba con ellos. A ella le fué revelado
aquello cuyo conocimiento fué negado a los judíos, y que a los
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discípulos se ordenó más tarde guardar en secreto. Jesús vió que
ella haría uso de su conocimiento para inducir a otros a compartir su
gracia.
Cuando los discípulos volvieron, se sorprendieron al hallar a su
Maestro hablando con la mujer. No había bebido el agua refrigerante
que deseaba, ni se detuvo a comer lo que los discípulos habían traído.
Cuando la mujer se hubo ido, los discípulos le rogaron que comiera.
Le veían callado, absorto, como en arrobada meditación. Su rostro
resplandecía, y temían interrumpir su comunión con el Cielo. Pero
sabían que se hallaba débil y cansado, y pensaban que era deber