Página 193 - El Deseado de Todas las Gentes (1955)

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Encarcelamiento y muerte de Juan
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promesa, habría salvado gustosamente al profeta. Les dió oportuni-
dad de hablar en favor del preso. Habían recorrido largas distancias
para oír la predicación de Juan y sabían que era un hombre sin culpa,
y un siervo de Dios. Pero aunque disgustados por la petición de la
joven, estaban demasiado entontecidos para intervenir con una pro-
testa. Ninguna voz se alzó para salvar la vida del mensajero del cielo.
Esos hombres ocupaban altos puestos de confianza en la nación y
sobre ellos descansaban graves responsabilidades; sin embargo, se
habían entregado al banqueteo y la borrachera hasta que sus sentidos
estaban embotados. Tenían la cabeza mareada por la vertiginosa
escena de música y baile, y su conciencia dormía. Con su silencio,
pronunciaron la sentencia de muerte sobre el profeta de Dios para
satisfacer la venganza de una mujer relajada.
Herodes esperó en vano ser dispensado de su juramento; luego
ordenó, de mala gana, la ejecución del profeta. Pronto fué traída la
cabeza de Juan a la presencia del rey y sus huéspedes. Sellados para
siempre estaban aquellos labios que habían amonestado fielmente a
Herodes a que se apartase de su vida de pecado. Nunca más se oiría
esa voz llamando a los hombres al arrepentimiento. La orgía de una
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noche había costado la vida de uno de los mayores profetas.
¡Cuán a menudo ha sido sacrificada la vida de los inocentes
por la intemperancia de los que debieran haber sido guardianes
de la justicia! El que lleva a sus labios la copa embriagante se
hace responsable de toda la injusticia que pueda cometer bajo su
poder embotador. Al adormecer sus sentidos, se incapacita para
juzgar serenamente o para tener una clara percepción de lo bueno
y de lo malo. Prepara el terreno para que por su medio Satanás
oprima y destruya al inocente. “El vino es escarnecedor, la cerveza
alborotadora; y cualquiera que por ello errare, no será sabio.” Por
esta causa “la justicia se puso lejos; ... y el que se apartó del mal, fué
puesto en presa.
Los que tienen jurisdicción sobre la vida de sus
semejantes deberían ser tenidos por culpables de un crimen cuando
se entregan a la intemperancia. Todos los que aplican las leyes
deben ser observadores de ellas. Deben ser hombres que ejerzan
dominio propio. Necesitan tener pleno goce de sus facultades físicas,
mentales y morales, a fin de poseer vigor intelectual y un alto sentido
de la justicia.