Página 295 - El Deseado de Todas las Gentes (1955)

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Capítulo 34—La invitación
Este capítulo está basado en Mateo 11:28-30.
“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados que yo os
haré descansar.”
Estas palabras de consuelo fueron dirigidas a la multitud que
seguía a Jesús. El Salvador había dicho que únicamente por él podían
los hombres recibir un conocimiento de Dios. Se había dirigido a
los discípulos como a quienes se había dado un conocimiento de las
cosas celestiales. Pero no había dejado que nadie se sintiese privado
de su cuidado y amor. Todos los que están trabajados y cargados
pueden venir a él.
Los escribas y rabinos, con su escrupulosa atención a las formas
religiosas, sentían una falta que los ritos de penitencia no podían
nunca satisfacer. Los publicanos y los pecadores podían afectar
estar contentos con lo sensual y terreno, pero en su corazón había
desconfianza y temor. Jesús miraba a los angustiados y de corazón
cargado, a aquellos cuyas esperanzas estaban marchitas, y a aquellos
que trataban de aplacar el anhelo del alma con los goces terrenales,
y los invitaba a todos a hallar descanso en él.
Tiernamente, invitó así a la gente que se afanaba: “Llevad mi
yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de
corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas.”
En estas palabras, Cristo habla a todo ser humano. Sépanlo o no,
todos están cansados y cargados. Todos están agobiados con cargas
que únicamente Cristo puede suprimir. La carga más pesada que
llevamos es la del pecado. Si se nos deja solos para llevarla, nos
aplastará. Pero el Ser sin pecado tomó nuestro lugar. “Jehová cargó
en él el pecado de todos nosotros.
El llevó la carga de nuestra
culpabilidad. El sacará la carga de nuestros hombros cansados. Nos
dará reposo. Llevará también la carga de congoja y pesar. Nos
invita a confiarle todos nuestros cuidados, porque nos lleva sobre su
corazón.
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