Página 421 - El Deseado de Todas las Gentes (1955)

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Entre trampas y peligros
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iré al que me envió. Me buscaréis, y no me hallaréis; y donde yo
estaré, vosotros no podréis venir.” Pronto hallaría un refugio fuera
del alcance de su desprecio y odio. Ascendería al Padre, para ser
de nuevo adorado por los ángeles; y nunca podrían sus homicidas
llegar allí.
Con desprecio dijeron los rabinos: “¿Adónde se ha de ir éste que
no le hallemos? ¿Se ha de ir a los esparcidos entre los Griegos, y
a enseñar a los Griegos?” Poco sospechaban estos caviladores que
en sus palabras despectivas describían la misión de Cristo. Durante
todo el día había extendido sus manos hacia un pueblo desobediente
y contradictor; y, sin embargo, pronto sería hallado de aquellos que
no le buscaron; y entre un pueblo que no había invocado su nombre
sería hecho manifiesto
Muchos que estaban convencidos de que Jesús era el Hijo de
Dios fueron extraviados por el falso raciocinio de los sacerdotes y
rabinos. Estos maestros habían repetido con gran efecto las profecías
concernientes al Mesías, que reinaría “en el monte de Sión, y en Je-
rusalem, y delante de sus ancianos” sería “glorioso;” que dominaría
“de mar a mar, y desde el río hasta los cabos de la tierra.
Luego
habían hecho comparaciones despectivas entre la gloria allí descrita
y la humilde apariencia de Jesús. Pervertían las mismas palabras de
la profecía para sancionar el error. Si el pueblo hubiese estudiado
con sinceridad la Palabra por sí mismo, no habría sido extraviado.
El capítulo 61 de Isaías testifica que Cristo había de hacer la misma
obra que hacía. El capítulo 53 presenta su rechazamiento y sus su-
frimientos en el mundo, y el capítulo 59 describe el carácter de los
sacerdotes y rabinos.
Dios no obliga a los hombres a renunciar a su incredulidad.
Delante de ellos están la luz y las tinieblas, la verdad y el error. A
ellos les toca decidir lo que aceptarán. La mente humana está dotada
de poder para discernir entre lo bueno y lo malo. Dios quiere que los
hombres no decidan por impulso, sino por el peso de la evidencia,
comparando cuidadosamente un pasaje de la Escritura con otro. Si
los judíos hubiesen puesto a un lado sus prejuicios y comparado la
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profecía escrita con los hechos que caracterizaban la vida de Jesús,
habrían percibido una hermosa armonía entre las profecías y su
cumplimiento en la vida y el ministerio del humilde Galileo.