Página 533 - El Deseado de Todas las Gentes (1955)

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Un pueblo condenado
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habían hecho de esos dones. Los privilegios de los que se habían
jactado, no hacían sino aumentar su culpabilidad.
Jesús había acudido a la higuera con hambre, para hallar alimen-
to. Así también había venido a Israel, anhelante de hallar en él los
frutos de la justicia. Les había prodigado sus dones, a fin de que
pudiesen llevar frutos para beneficiar al mundo. Les había concedi-
do toda oportunidad y privilegio, y en pago buscaba su simpatía y
cooperación en su obra de gracia. Anhelaba ver en ellos abnegación
y compasión, celo en servir a Dios y una profunda preocupación
por la salvación de sus semejantes. Si hubiesen guardado la ley de
Dios, habrían hecho la misma obra abnegada que hacía Cristo. Pero
el amor hacia Dios y los hombres estaba eclipsado por el orgullo y
la suficiencia propia. Se atrajeron la ruina al negarse a servir a otros.
No dieron al mundo los tesoros de la verdad que Dios les había
confiado. Podrían haber leído tanto su pecado como su castigo en el
árbol estéril. Marchitada bajo la maldición del Salvador, allí, de pie,
seca hasta la raíz, la higuera representaba lo que sería el pueblo judío
cuando la gracia de Dios se apartase de él. Por cuanto se negaba a
impartir bendiciones, ya no las recibiría. “Te perdiste, oh Israel,
dice el Señor.
La amonestación que dió Jesús por medio de la higuera es para
todos los tiempos. El acto de Cristo, al maldecir el árbol que con
su propio poder había creado, se destaca como amonestación a
todas las iglesias y todos los cristianos. Nadie puede vivir la ley de
Dios sin servir a otros. Pero son muchos los que no viven la vida
misericordiosa y abnegada de Cristo. Algunos de los que se creen
excelentes cristianos no comprenden lo que es servir a Dios. Sus
planes y sus estudios tienen por objeto agradarse a sí mismos. Obran
solamente con referencia a sí mismos. El tiempo tiene para ellos
valor únicamente en la medida en que les permite juntar para sí. Este
es su objeto en todos los asuntos de la vida. No obran para otros,
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sino para sí mismos. Dios los creó para vivir en un mundo donde
debe cumplirse un servicio abnegado. Los destinó a ayudar a sus
semejantes de toda manera posible. Pero el yo asume tan grandes
proporciones que no pueden ver otra cosa. No están en contacto con
la humanidad. Los que así viven para sí son como la higuera que
tenía mucha apariencia, pero no llevaba fruto. Observan la forma de
culto, pero sin arrepentimiento ni fe. Profesan honrar la ley de Dios,