Página 79 - El Deseado de Todas las Gentes (1955)

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La voz que clamaba en el desierto
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por un cinturón de cuero. Comía “langostas y miel silvestre,” que
hallaba en el desierto; y bebía del agua pura de las colinas.
Pero Juan no pasaba la vida en ociosidad, ni en lobreguez ascética
o aislamiento egoísta. De vez en cuando, salía a mezclarse con
los hombres; y siempre observaba con interés lo que sucedía en
el mundo. Desde su tranquilo retiro, vigilaba el desarrollo de los
sucesos. Con visión iluminada por el Espíritu divino, estudiaba los
caracteres humanos para poder saber cómo alcanzar los corazones
con el mensaje del cielo. Sentía el peso de su misión. En la soledad,
por la meditación y la oración, trataba de fortalecer su alma para la
carrera que le esperaba.
Aun cuando residía en el desierto, no se veía libre de tentación.
En cuanto le era posible, cerraba todas las avenidas por las cuales
Satanás podría entrar; y sin embargo, era asaltado por el tentador.
Pero sus percepciones espirituales eran claras; había desarrollado
fuerza de carácter y decisión, y gracias a la ayuda del Espíritu Santo,
podía reconocer los ataques de Satanás y resistir su poder.
Juan hallaba en el desierto su escuela y su santuario. Como Moi-
sés entre las montañas de Madián, se veía cercado por la presencia
de Dios, y por las evidencias de su poder. No le tocaba morar, como
al gran jefe de Israel, entre la solemne majestad de las soledades
montañosas; pero delante de él estaban las alturas de Moab al otro
lado del Jordán, hablándole de Aquel que había asentado firmemente
las montañas y las había rodeado de fortaleza. El aspecto lóbrego y
terrible de la naturaleza del desierto donde moraba, representaba ví-
vidamente la condición de Israel. La fructífera viña del Señor había
llegado a ser un desierto desolado. Pero sobre el desierto, los cielos
se inclinaban brillantes y hermosos. Las obscuras nubes formadas
por la tempestad, estaban cruzadas por el arco iris de la promesa.
Así también, por encima de la degradación de Israel resplandecía la
prometida gloria del reinado del Mesías. Las nubes de ira estaban
cruzadas por el arco iris de su pactada misericordia.
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A solas, en la noche silenciosa, leía la promesa que Dios hiciera
a Abrahán de una posteridad tan innumerable como las estrellas. La
luz del alba, que doraba las montañas de Moab, le hablaba de Aquel
que sería “como la luz de la mañana cuando sale el sol, de la mañana
sin nubes.
Y en el resplandor del mediodía veía el esplendor de la