Página 149 - Hijas de Dios (2008)

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El respeto propio
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Una carta animadora
La siguiente carta fue dirigida a Martha Bourdeau, la hermana
menor de George I. Butler, un prominente dirigente de la Iglesia
Adventista del Séptimo Día. Estuvo casada con William Andrews,
hermano de J. N. Andrews, el primer misionero oficialmente
enviado por la iglesia. Cuando A. C. Bourdeau fue a Europa como
misionero en 1884, Martha, entonces viuda, se casó con él, y fueron
a trabajar a Italia. Martha Bourdeau era una mujer afligida por
sentimientos de duda, indignidad, abatimiento y desánimo
.
Querida Hna. Martha: Llegamos aquí [Tramelán, Suiza], el úl-
timo viernes, y el Señor me dio algunas preciosas muestras de su
bondad. Hablé con libertad a nuestros hermanos y hermanas acerca
de (
Malaquías 4:6
), y el Señor habló a nuestros corazones. El her-
mano Abel Guenin, que había estado desanimado por algún tiempo
y no había asistido a las reuniones, se quebrantó y confesó su falta,
su indiferencia y su desánimo. Mencionó que no deseaba continuar
con esos sentimientos, sino quería estar en armonía con la iglesia
y con su deber en el temor de Dios. Mientras hablaba, las lágrimas
corrían por su rostro. Su madre, que no había participado en las
actividades de la iglesia, y que tenía muchos prejuicios contra los
norteamericanos, habló por la primera vez. Dio un buen testimonio.
Un joven panadero, empleado de Oscar Roth, también hizo una
humilde confesión. El Espíritu de Dios verdaderamente estaba en la
reunión y se manifestó un dulce poder entre nosotros. Después de la
reunión tuvimos momentos de oración en la casa del hermano Roth y
oramos por el hijo del hermano Guenin. Mientras oraba, el hermano
Jean Vuilleumier traducía la oración. La bendición del Señor se posó
sobre el joven, quien con lágrimas en sus ojos confesó sus faltas y se
dio la mano con sus hermanas. Fue en verdad un precioso momento
[...].
Martha, mis pensamientos están con usted en Torre Pellice [Ita-
lia]. Creo que usted y su esposo deberían asistir a la reunión de la
Asociación. Quisiera verla allí, y quisiera verla confiando plenamen-
te en el precioso Salvador. Él dio su vida por usted porque valora
su alma. Hace algún tiempo tuve un sueño. Estaba paseando en un
jardín. Usted estaba a mi lado, diciendo constantemente: “¡Mire ese