Página 249 - Hijas de Dios (2008)

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Apéndice b—El ministerio público de Elena G. de White
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mente y buscar juntos al Señor en oración. He aquí una congregación
entera que manifestaba su determinación de dejar el pecado y buscar
fervientemente a Dios [...].
Después de la oración, se dieron 115 testimonios. Muchos de
ellos demostraron una genuina experiencia en las cosas de Dios.—
The Review and Herald, 3 de noviembre de 1885
.
Una visita a Cristianía (ahora Oslo), Noruega
—Pasamos dos
semanas en Cristianía y trabajamos fervientemente por la iglesia.
El Espíritu de Dios me movió a dar un testimonio muy claro. Espe-
cialmente durante la última reunión les presenté la necesidad de un
cambio completo en el carácter si querían ser hijos de Dios. En rela-
ción con los cultos, les dije que cuando venían ante el Señor, debían
hacerlo con corazones subyugados y reverentes. La casa de culto
era un lugar sagrado, no un lugar para manifestar malicia, crítica,
descontento y amargura. Los insté a que comprendieran la necesidad
de un profundo arrepentimiento, la confesión y el abandono de los
pecados que habían ahuyentado al dulce Espíritu de Cristo de la igle-
sia. Llamamos entonces para que pasaran al frente los que querían
colocarse decididamente del lado del Señor. Muchos respondieron.
Se hicieron algunas buenas confesiones y se presentaron fervientes
testimonios.—
The Review and Herald, 19 de octubre de 1886
.
Recuperación de apóstatas en Basilea, Suiza
—El sábado 19
de febrero, hablé a la gente a las nueve de la mañana. El Señor
me concedió su Santo Espíritu para hablarles de las tentaciones
de Cristo en el desierto. A las tres de la tarde, volvimos para una
reunión de testimonios. Les hablé nuevamente de la necesidad de
contemplar más tiempo los sufrimientos de Cristo y solidarizarnos
con él. Entonces pedí a los que deseaban que se orara por ellos que
pasaran al frente. El lugar se llenó rápidamente y mi corazón se
conmovió cuando vi a toda la congregación de pie. Les pedí que
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se sentaran donde estaban y que buscáramos al Señor juntos. Antes
de la oración, se dieron muchos testimonios en rápida sucesión y
con profundo sentimiento. Se notaba que el Espíritu de Dios había
tocado los corazones; hubo confesiones y lágrimas. Nos alegramos
de ver esas manifestaciones, pues es justamente lo que el pueblo
necesita para humillar sus corazones y confesar sus pecados ante
Dios. Y el Señor aceptará su arrepentimiento y sus esfuerzos por
buscarlo. “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para