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Hombres y mujeres de oración
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y se renovarían las bendiciones temporales de la vida. La tierra iba a
ser refrigerada por la lluvia. Elías dijo a Acab: “Sube, come y bebe;
porque una grande lluvia suena”. Luego el profeta se fue a la cumbre
del monte para orar.
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El que Elías pudiese invitar confiadamente a Acab a que se
preparase para la lluvia no se debía a que hubiese evidencias externas
de que estaba por llover. El profeta no veía nubes en los cielos; ni oía
truenos. Expresó simplemente las palabras que el Espíritu del Señor
lo movía a decir en respuesta a su propia fe poderosa. Durante todo el
día, había cumplido sin vacilar la voluntad de Dios, y había revelado
su confianza implícita en las profecías de la palabra de Dios; y ahora,
habiendo hecho todo lo que estaba a su alcance, sabía que el cielo
otorgaría libremente las bendiciones predichas. El mismo Dios que
había mandado la sequía había prometido abundancia de lluvia como
recompensa del proceder correcto; y ahora Elías aguardaba que se
derramase la lluvia prometida. En actitud humilde, “su rostro entre
las rodillas,” suplicó a Dios en favor del penitente Israel. Vez tras vez,
Elías mandó a su siervo a un lugar que dominaba el Mediterráneo,
para saber si había alguna señal visible de que Dios había oído su
oración. Cada vez volvió el siervo con la contestación: “No hay
nada”. El profeta no se impacientó ni perdió la fe, sino que continuó
intercediendo con fervor. Seis veces el siervo volvió diciendo que
no había señal de lluvia en los cielos que parecían de bronce. Sin
desanimarse, Elías lo envió nuevamente; y esta vez el siervo regresó
con la noticia: “Yo veo una pequeña nube como la palma de la mano
de un hombre, que sube de la mar”.
Esto bastaba. Elías no aguardó que los cielos se ennegreciesen.
En esa pequeña nube, vio por fe una lluvia abundante y de acuerdo
a esa fe obró: mandó a su siervo que fuese prestamente a Acab con
el mensaje: “Unce y desciende, porque la lluvia no te ataje”.
Por el hecho de que Elías era hombre de mucha fe, Dios pudo
usarle en esta grave crisis de la historia de Israel. Mientras oraba, su
fe se aferraba a las promesas del cielo; y perseveró en su oración
hasta que sus peticiones fueron contestadas. No aguardó hasta tener
la plena evidencia de que Dios le había oído, sino que estaba dis-
puesto a aventurarlo todo al notar la menor señal del favor divino. Y
sin embargo, lo que él pudo hacer bajo la dirección de Dios, todos
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pueden hacerlo en su esfera de actividad mientras sirven a Dios;