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La fe y la oración
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eres de ojos para ver el mal, ni puedes ver el agravio”.
Hebreos 4:13
;
Habacuc 1:13
. Este pensamiento fue el escudo de José en medio de
la corrupción de Egipto. Su respuesta a los atractivos de la tentación
fue firme: “¿Cómo, pues, haría yo este grande mal, y pecaría contra
Dios”.
Génesis 39:9
. La fe, si se la cultiva, será un escudo para toda
alma.
Solamente la sensación de la presencia de Dios puede desvanecer
el temor que, para el niño tímido, haría de la vida una carga. Grabe
él en su memoria la promesa: “El ángel de Jehová acampa alrededor
de los que le temen, y los defiende”.
Salmos 34:7
. Lea la maravillosa
historia de Elíseo cuando estaba en la ciudad de la montaña y había
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entre él y el ejército de enemigos armados un círculo poderoso de
ángeles celestiales. Lea cómo se le apareció el ángel de Dios a Pedro
cuando estaba en la prisión, condenado a muerte; cómo lo libertó,
pasando por entre los guardianes armados y las macizas puertas de
hierro con sus cerrojos y barrotes. Lea acerca de la escena desarro-
llada en el mar, cuando Pablo, el prisionero, en viaje al lugar donde
iba a ser juzgado y ejecutado, dirigió a los soldados y marineros
náufragos, abatidos por el cansancio, la falta de sueño y el hambre,
estas grandes palabras de valor y esperanza: “Pero ahora os exhorto
a tener buen ánimo, pues no habrá ninguna pérdida de vida entre
vosotros... Porque esta noche ha estado conmigo el ángel del Dios
de quien soy y a quien sirvo, diciendo: Pablo, no temas; es necesario
que comparezcas ante César; y he aquí, Dios te ha concedido todos
los que navegan contigo”. Con fe en esta promesa, Pablo aseguró a
sus compañeros: “Pues ni aún un cabello de la cabeza de ninguno de
vosotros perecerá”. Así ocurrió. Por el hecho de estar en ese barco
un hombre por medio del cual Dios podía obrar, todo el contingente
de soldados y marineros paganos se salvó. “Y así aconteció que
todos se salvaron saliendo a tierra”.
Hechos 27:22-24, 34, 44
.
No fueron escritas estas cosas únicamente para que las leamos y
nos asombremos, sino para que la misma fe que obró en los siervos
de Dios de antaño, obre en nosotros. Doquiera haya corazones llenos
de fe que sirvan de conducto transmisor de su poder, no será menos
notable su modo de obrar ahora que entonces.
A los que, por falta de confianza propia, evitan tareas y respon-
sabilidades, enséñeseles a confiar en Dios. Así, más de uno, que
de otro modo no sería más que una cifra en el mundo, tal vez una